martes, 28 de febrero de 2012

ERRORES






Una vez mas dejo esta bazofia que escribí hace un tiempo (y que cometí la locura de presentar a un concurso que nunca ganaré) Espero sepan disculpar mi falta de piedad para con los pocos que me leen

Errores

La verdad es que Diego “El Tijereta” ya nos tenía hartos, no solo a los vecinos sino a toda la ciudad. Paseaba su impunidad burlona por nuestras narices y nadie podía tomar cartas en el asunto. Cuando robaba o destrozaba porque sí los muebles de una casa, ya sabíamos que entraría por una puerta del juzgado y saldría por la otra, eso sí, más rápido que los policías que lo habían apresado.

Por un tiempo, estuvimos tranquilos, supuestamente se había ido a trabajar a otro departamento.

Con mis amigos solíamos hacer bromas acerca de que el trabajo de Diego El Tijereta consistiría en desvalijar los apartamentos de los turistas extranjeros. Francamente deseábamos que le fuera muy bien, siempre y cuando no regresara. Hasta oramos a la Virgen Desatanudos para que lo mantuviera allá.

Las promesas de caminar 20 kilómetros descalzos, las gallinas sacrificadas y todos los rituales resultaron inútiles.

Cierto día que jugábamos al fútbol en la calle, un demente en moto profanó nuestra cancha a una velocidad inadmisible. Era él. Indudablemente su faena había sido productiva porque el muy desgraciado ahora estaba motorizado.

Supusimos que con su juguete nuevo tendría algo con que entretenerse.

¡Cuán ciertas eran nuestras suposiciones!

Diego, se dedicó a surcar las calles excediendo el límite de velocidad, creo que hasta podía exceder la capacidad de su infernal moto (a la cual le había recortado el caño)

Con total desfachatez aceleraba y pasaba rozando a las ancianas, a las chicas ( en ocasiones aprovechaba para estrellar su mugrienta mano en las nalgas de algunas), y se había convertido en el terror de los niños.

En cierta ocasión arrolló al perro de una enfermera y luego lo paseó atado alrededor de la plaza como un trofeo de guerra. El asunto terminó ante la justicia, pero el muy sinvergüenza declaró que se había tratado de un accidente, el animal se le atravesó con el resultado que todos conocimos. Sobre su posterior muestra de crueldad, alegó que le pareció “gracioso” y, como siempre sucedía, la señora jueza consideró que se había tratado de una “cosa de muchacho inconsciente”. Lamentablemente para esta señora, los actos de “El Tijereta” y sus amigos siempre era “muchachadas” o nunca se reunían pruebas suficientes que los incriminaran (tal como sucedió con el incendio de la casa de Don Rumualdo)

Así pasó el tiempo, y algún que otro lesionado por las “cosas de muchacho” de este joven no pesaban en la balanza de la ciega.

Pero la paciencia tiene un límite, y el nuestro se rebasó cuando Ramiro (uno de mis amigos) salía de trabajar. Como todas las noches, luego de abandonar el molino, subía en su bicicleta y hacía un par de kilómetros que le separaban de la ciudad.

Aquella noche de viernes el destino quiso que, al llegar al puente viejo, el malhechor se cruzase en su camino. Mi amigo voló literalmente unos metros para quedar tendido en el suelo, con un par de costillas rotas, traumatismos varios y cortes en el rostro. Su agresor se le acercó y la asistencia que brindó fue la siguiente:

-Vó puto, eso te pasa po laburá. Levantate vó maricón que te rompé el culo y tené una bici de mierda. Si queré denunciame vo, poqué no me van a hacé náa. Yo me cojo a la jueza papá . Rescatate - y con una risa desdentada abandonó la escena de su delito.

Ramiro fue asistido por compañeros que venían con él y trasladado al hospital.

¡Ahora sí! Con tantos testigos directos, todo el peso de la ley caería sobre el delincuente.

El día de las declaraciones, el muy cínico dijo con todo desparpajo:

- No, señora jueza, yo ni etaba en la ciudá. La gente siempre chamuyea poque soy pobre y un pobre no tiene derecho a tené una moto que ganó con su trabajo. ¿Poqué siempre todo tiene que sé El Tijereta?-

Pese a los testigos, la justicia consideró que era una noche oscura y por lo tanto no se daban las condiciones más adecuadas para asegurar haber visto “bien” al culpable.

No había elementos suficientes que relacionaran al Tijereta con lo acontecido.

La indignación fue general, todos nos sentíamos impotentes y decepcionados. Los ánimos se inflamaban peligrosamente.

A todo esto Ramiro iba recuperándose, pero perdió la movilidad en un par de dedos de las manos.

Justina, su novia, nunca se había destacado por la locuacidad precisamente, pero ahora parecía haber enmudecido del todo. Siempre con la mirada perdida y cada vez más brillante.

Cierta tarde, apareció en la plaza. Esto no nos llamó la atención, aunque sí el hecho de que viniera secundada por tres planchas. Quienes la conocen saben que eso podría significar una señal del Apocalipsis.

Nos saludó, presentó a los chicos y comentó:

- Ellos me contactaron. ¿Se acuerdan de lo que pasó hace una semana?-

Todos lo recordábamos. El Tijereta y sus amigos habían intentado violar a una muchacha en un barrio de contexto crítico.

- Tienen una propuesta-

Nos sorprendimos, pero decidimos escucharla.

- El Diego y lo otro malandro quisieron agarrá a la Yessica – Comenzó uno de los planchas – Y la Yessica no é ninguna turra, va al liceo y labura, no se mete con nadie. Pero esto hijo de puta se creen que pueden hacé lo que quieran. Lo vamo´agarrá.

Comprendimos perfectamente de lo que estaban hablando.

- Nosotro somo tranquilo, no jodemo a nadie, laburamo, pero el Diego ya nos tiene harto a toós.

De más está decir que nunca me había sentido tan bien haciendo algo ilegal. La paliza que le dimos al Tijereta y sus secuaces fue fenomenal. Había tanta impotencia contenida que sacó lo peor de nosotros amparados en pasamontañas. Luego, como habíamos pactado con los planchas, cada cual a lo suyo y nunca nos conocimos.

Por un tiempo, El Tijereta y sus amigotes estuvieron tranquilos, pero luego volvieron a las andanzas con peor ímpetu. La situación se salía de control rápidamente y culminó en lo que todos predecían: asesinato.

Sabíamos quienes habían deshecho a Tania Pérez para robarle, sin embargo seguían libres y burlándose de sus potenciales víctimas.

Una vez más Justina rompió su silencio con una propuesta, algo meditado meticulosamente, con la precisión de un relojero suizo, o de Jack El Destripador. Debo confesar que al principio nos pareció una locura imperdonable, pero lo cierto es que ya estábamos tan cansados.

La noche convenida, hicimos lo de costumbre. A la hora señalada, nos escabullimos en grupos por el monte. Los planchas nos esperaban a la orilla del río en un bote. Repasamos la rutina a seguir, luego tomamos nuestros lugares y esperamos.

Esperamos.

Cuando estábamos desalentándonos escuchamos el inconfundible ruido del caño de escape recortado. El corazón nos latía furioso, el pulso acelerado. En aquellos momentos fuimos uno solo. Del grupo que estaba agazapado en la carretera nos llegó la confirmación vía sms: “Es él”.

Tiramos del alambre con la fuerza de quienes se aferran a una tabla de salvación. El Tijereta se acercaba. Con una rapidez sobrehumana aseguramos el alambre. Ya veíamos la luz.

Jamás olvidaré ese sonido, el que hace una cabeza al separarse del cuerpo ni los estertores nerviosos posteriores.

Tampoco podré explicar lo que sentí, lo que sentimos todos, fue éxtasis puro.

Sin embargo no teníamos que perder tiempo en deleites. Arrojamos el alambre al agua, para que se llevara la inmunda sangre de aquella lacra descabezada. Luego los que estaban en el bote lo recogieron y emprendieron su viaje corriente abajo. El resto volvió, cuidando de no dejar huellas.

Solo quedaba esperar.

Estaba en mi casa cuando recibí la llamada de una histérica Justina. Al principio no entendía lo que me decía, cuando lo hice, se me heló la sangre. Me negaba a creerle, aunque la irrupción de Germán (otro de mis amigos) en mi cuarto y su aspecto de muerto viviente me confirmaron lo peor.. Dejé caer el celular y quedé petrificado.

- Lo vimos – balbuceó Germán

Permanecimos en silencio.

- Pero… ¿Entonces quien?

Corrí al baño pue me atacaron las nauseas.

Esa noche no pude dormir, creo que ninguno de los que habíamos estado involucrados lo hizo.

Al día siguiente todo el mundo hablaba del espeluznante suceso. Un turista alemán había sido decapitado en el puente viejo.

Habíamos matado a un inocente y la gente culpaba a Diego por ello. Se arremolinaban frente al juzgado clamando por justicia y profiriendo amenazas.

Nuestro crimen nos aguijoneaba todo el tiempo y no llegábamos a ningún acuerdo acerca de si entregarnos o de qué forma hacerlo.

Mientras tanto, El Tijereta prestaba declaraciones. En el fondo, sentimos que si iba a la cárcel por la decapitación del turista, al menos nuestra conciencia no nos atormentaría tanto.

Desafortunadamente, esta vez, la justicia actuó en consecuencia y las pruebas tampoco fueron suficientes para incriminarle.

No había nada que hacer, excepto confesarlo todo y entregarnos.

Pensábamos hacerlo hoy.

Sin embargo, un hecho ha conmocionado la ciudad.

En el árbol más alto de la plaza ha sido encontrado un cuerpo colgado y parcialmente desollado. Se trata de Diego El Tijereta, no hay ninguna duda. Pero nadie vio ni escuchó nada. No hay en toda la ciudad un solo testigo.

Me pregunto quién habrá sido. Todos tenían razones .

Parece que esta vez no se cometieron errores.

Demonio Desterrado


1 comentarios:

El poeta invisible dijo...

Yo le tengo fé a ese cuento, bueno en dos días veremos que pasa.

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