ERRORES

Errores
La verdad es que Diego “El Tijereta” ya nos tenía hartos, no solo a los vecinos sino a toda la ciudad. Paseaba su impunidad burlona por nuestras narices y nadie podía tomar cartas en el asunto. Cuando robaba o destrozaba porque sí los muebles de una casa, ya sabíamos que entraría por una puerta del juzgado y saldría por la otra, eso sí, más rápido que los policías que lo habían apresado.
Por un tiempo, estuvimos tranquilos, supuestamente se había ido a trabajar a otro departamento.
Con mis amigos solíamos hacer bromas acerca de que el trabajo de Diego El Tijereta consistiría en desvalijar los apartamentos de los turistas extranjeros. Francamente deseábamos que le fuera muy bien, siempre y cuando no regresara. Hasta oramos a la Virgen Desatanudos para que lo mantuviera allá.
Las promesas de caminar 20 kilómetros descalzos, las gallinas sacrificadas y todos los rituales resultaron inútiles.
Cierto día que jugábamos al fútbol en la calle, un demente en moto profanó nuestra cancha a una velocidad inadmisible. Era él. Indudablemente su faena había sido productiva porque el muy desgraciado ahora estaba motorizado.
Supusimos que con su juguete nuevo tendría algo con que entretenerse.
¡Cuán ciertas eran nuestras suposiciones!
Diego, se dedicó a surcar las calles excediendo el límite de velocidad, creo que hasta podía exceder la capacidad de su infernal moto (a la cual le había recortado el caño)
Con total desfachatez aceleraba y pasaba rozando a las ancianas, a las chicas ( en ocasiones aprovechaba para estrellar su mugrienta mano en las nalgas de algunas), y se había convertido en el terror de los niños.
En cierta ocasión arrolló al perro de una enfermera y luego lo paseó atado alrededor de la plaza como un trofeo de guerra. El asunto terminó ante la justicia, pero el muy sinvergüenza declaró que se había tratado de un accidente, el animal se le atravesó con el resultado que todos conocimos. Sobre su posterior muestra de crueldad, alegó que le pareció “gracioso” y, como siempre sucedía, la señora jueza consideró que se había tratado de una “cosa de muchacho inconsciente”. Lamentablemente para esta señora, los actos de “El Tijereta” y sus amigos siempre era “muchachadas” o nunca se reunían pruebas suficientes que los incriminaran (tal como sucedió con el incendio de la casa de Don Rumualdo)
Así pasó el tiempo, y algún que otro lesionado por las “cosas de muchacho” de este joven no pesaban en la balanza de la ciega.
Pero la paciencia tiene un límite, y el nuestro se rebasó cuando Ramiro (uno de mis amigos) salía de trabajar. Como todas las noches, luego de abandonar el molino, subía en su bicicleta y hacía un par de kilómetros que le separaban de la ciudad.
Aquella noche de viernes el destino quiso que, al llegar al puente viejo, el malhechor se cruzase en su camino. Mi amigo voló literalmente unos metros para quedar tendido en el suelo, con un par de costillas rotas, traumatismos varios y cortes en el rostro. Su agresor se le acercó y la asistencia que brindó fue la siguiente:
-Vó puto, eso te pasa po laburá. Levantate vó maricón que te rompé el culo y tené una bici de mierda. Si queré denunciame vo, poqué no me van a hacé náa. Yo me cojo a la jueza papá . Rescatate - y con una risa desdentada abandonó la escena de su delito.
Ramiro fue asistido por compañeros que venían con él y trasladado al hospital.
¡Ahora sí! Con tantos testigos directos, todo el peso de la ley caería sobre el delincuente.
El día de las declaraciones, el muy cínico dijo con todo desparpajo:
- No, señora jueza, yo ni etaba en la ciudá. La gente siempre chamuyea poque soy pobre y un pobre no tiene derecho a tené una moto que ganó con su trabajo. ¿Poqué siempre todo tiene que sé El Tijereta?-
Pese a los testigos, la justicia consideró que era una noche oscura y por lo tanto no se daban las condiciones más adecuadas para asegurar haber visto “bien” al culpable.
No había elementos suficientes que relacionaran al Tijereta con lo acontecido.
La indignación fue general, todos nos sentíamos impotentes y decepcionados. Los ánimos se inflamaban peligrosamente.
A todo esto Ramiro iba recuperándose, pero perdió la movilidad en un par de dedos de las manos.
Justina, su novia, nunca se había destacado por la locuacidad precisamente, pero ahora parecía haber enmudecido del todo. Siempre con la mirada perdida y cada vez más brillante.
Cierta tarde, apareció en la plaza. Esto no nos llamó la atención, aunque sí el hecho de que viniera secundada por tres planchas. Quienes la conocen saben que eso podría significar una señal del Apocalipsis.
Nos saludó, presentó a los chicos y comentó:
- Ellos me contactaron. ¿Se acuerdan de lo que pasó hace una semana?-
Todos lo recordábamos. El Tijereta y sus amigos habían intentado violar a una muchacha en un barrio de contexto crítico.
- Tienen una propuesta-
Nos sorprendimos, pero decidimos escucharla.
- El Diego y lo otro malandro quisieron agarrá a la Yessica – Comenzó uno de los planchas – Y la Yessica no é ninguna turra, va al liceo y labura, no se mete con nadie. Pero esto hijo de puta se creen que pueden hacé lo que quieran. Lo vamo´agarrá.
Comprendimos perfectamente de lo que estaban hablando.
- Nosotro somo tranquilo, no jodemo a nadie, laburamo, pero el Diego ya nos tiene harto a toós.
De más está decir que nunca me había sentido tan bien haciendo algo ilegal. La paliza que le dimos al Tijereta y sus secuaces fue fenomenal. Había tanta impotencia contenida que sacó lo peor de nosotros amparados en pasamontañas. Luego, como habíamos pactado con los planchas, cada cual a lo suyo y nunca nos conocimos.
Por un tiempo, El Tijereta y sus amigotes estuvieron tranquilos, pero luego volvieron a las andanzas con peor ímpetu. La situación se salía de control rápidamente y culminó en lo que todos predecían: asesinato.
Sabíamos quienes habían deshecho a Tania Pérez para robarle, sin embargo seguían libres y burlándose de sus potenciales víctimas.
Una vez más Justina rompió su silencio con una propuesta, algo meditado meticulosamente, con la precisión de un relojero suizo, o de Jack El Destripador. Debo confesar que al principio nos pareció una locura imperdonable, pero lo cierto es que ya estábamos tan cansados.
La noche convenida, hicimos lo de costumbre. A la hora señalada, nos escabullimos en grupos por el monte. Los planchas nos esperaban a la orilla del río en un bote. Repasamos la rutina a seguir, luego tomamos nuestros lugares y esperamos.
Esperamos.
Cuando estábamos desalentándonos escuchamos el inconfundible ruido del caño de escape recortado. El corazón nos latía furioso, el pulso acelerado. En aquellos momentos fuimos uno solo. Del grupo que estaba agazapado en la carretera nos llegó la confirmación vía sms: “Es él”.
Tiramos del alambre con la fuerza de quienes se aferran a una tabla de salvación. El Tijereta se acercaba. Con una rapidez sobrehumana aseguramos el alambre. Ya veíamos la luz.
Jamás olvidaré ese sonido, el que hace una cabeza al separarse del cuerpo ni los estertores nerviosos posteriores.
Tampoco podré explicar lo que sentí, lo que sentimos todos, fue éxtasis puro.
Sin embargo no teníamos que perder tiempo en deleites. Arrojamos el alambre al agua, para que se llevara la inmunda sangre de aquella lacra descabezada. Luego los que estaban en el bote lo recogieron y emprendieron su viaje corriente abajo. El resto volvió, cuidando de no dejar huellas.
Solo quedaba esperar.
Estaba en mi casa cuando recibí la llamada de una histérica Justina. Al principio no entendía lo que me decía, cuando lo hice, se me heló la sangre. Me negaba a creerle, aunque la irrupción de Germán (otro de mis amigos) en mi cuarto y su aspecto de muerto viviente me confirmaron lo peor.. Dejé caer el celular y quedé petrificado.
- Lo vimos – balbuceó Germán
Permanecimos en silencio.
- Pero… ¿Entonces quien?
Corrí al baño pue me atacaron las nauseas.
Esa noche no pude dormir, creo que ninguno de los que habíamos estado involucrados lo hizo.
Al día siguiente todo el mundo hablaba del espeluznante suceso. Un turista alemán había sido decapitado en el puente viejo.
Habíamos matado a un inocente y la gente culpaba a Diego por ello. Se arremolinaban frente al juzgado clamando por justicia y profiriendo amenazas.
Nuestro crimen nos aguijoneaba todo el tiempo y no llegábamos a ningún acuerdo acerca de si entregarnos o de qué forma hacerlo.
Mientras tanto, El Tijereta prestaba declaraciones. En el fondo, sentimos que si iba a la cárcel por la decapitación del turista, al menos nuestra conciencia no nos atormentaría tanto.
Desafortunadamente, esta vez, la justicia actuó en consecuencia y las pruebas tampoco fueron suficientes para incriminarle.
No había nada que hacer, excepto confesarlo todo y entregarnos.
Pensábamos hacerlo hoy.
Sin embargo, un hecho ha conmocionado la ciudad.
En el árbol más alto de la plaza ha sido encontrado un cuerpo colgado y parcialmente desollado. Se trata de Diego El Tijereta, no hay ninguna duda. Pero nadie vio ni escuchó nada. No hay en toda la ciudad un solo testigo.
Me pregunto quién habrá sido. Todos tenían razones .
Parece que esta vez no se cometieron errores.
Demonio Desterrado
ÉL
ÉL
Puedo sentirlo en mis venas esta noche.
Está acercándose por el oscuro sendero que los hombres temen.
Aún en los sueños me invade su presencia, es como una niebla que se escurre por los lugares más recónditos.
Necesito despertar pues ya ha llegado al umbral, mi sueño es su ventaja. Mientras me mantiene en la inconsciencia puede moverse libremente y planear sus malditos pasos.
Pero mis ojos solo se abren para ver su silueta cortando la luz de la luna.
Ya es tarde para mí, su mirada me recorre el cuerpo con un brillo que no poseen las criaturas de la tierra.
Como cada vez, lucharé por conservar lo que quede de mi alma. Tal vez todo sea en vano, él sabe que logrará someterme, sin embargo necesito creer que algún día seré capaz de derrotarle.
No sé si son sus ojos, si es su poder infernal lo que me mantiene en el lecho.
Trato de cubrirme mientras se acerca con una siniestra sonrisa burlona. Sus pasos son lentos y seguros, como los de la bestia que acorrala a su presa: yo. Debo gritar, sin embargo he enmudecido de terror.
Su perfume comienza a intoxicarme nublándome la mente y mi voluntad se debilita cuando sus miembros se hunden en el lecho.
Ahora su rostro de mármol está a escasos centímetros del mío. Su cuerpo muerto y helado repta sobre mí.
Siento tanto miedo y… tanta vergüenza de que ese rostro espeluznante y siniestro pueda resultarme el más hermoso que he visto.
Ruego a los cielos que me ayuden, pero los santos duermen también. Los ángeles y Dios descansan cuando yo estoy a merced de este monstruo.
Su boca impúdica susurra órdenes en mis oídos, órdenes que ni la peor de las mujeres acataría. No le respondo, aunque sé que eso provocará su ira de la cual ya conozco los resultados. Quisiera decirle que se largue y me deje en paz pero solo lanzo un suspiro que me delata.
Mi cuerpo es mi enemigo. Mi vientre se enciende cuando él se deja caer sobre mí, cortándome la respiración con su peso, recordándome que es mi amo.
Su lengua se desliza por mi cuello. Oigo su macabra risa cuando cierro los ojos y al tratar de decir una plegaria solo pronuncio su nombre.
Hasta el roce de las sábanas que se deslizan a su voluntad me parecen una voluptuosa caricia que envía corrientes de calor a través de mi piel.
Entonces, sus manos levantan mi ropa, subiendo por mis piernas temblorosas. Experimento rechazo y deseo. ¿Por qué debe ocurrirme esto a mí? Nunca fui una mala mujer, siempre busqué el camino de la virtud.
No puedo pensar con sus labios deslizándose por mi cuello, con sus dedos jugando entre mis piernas, con su lengua bebiendo el sudor que cae por mi pecho. Solo puedo sentir., Sentir a ese demonio adueñándose de mi alma un poco más, y sentir mi femineidad palpitando salvajemente bajo su contacto.
Desea que me quite la ropa, pero me niego, aunque solo quiero tener su gélida piel junto a la mía. Un débil trazo de fuerza hace que me niegue repetidas veces a su deseo.
La luz de sus ojos se intensifica y la ira en su mirada sería capaz de helarle el vello de la nuca al más valiente de los hombres. Sus manos bestiales se aferran a la fina tela de mi camisón y la desgarran, arrojando con odio los jirones.
Ahora estoy expuesta.
Me estremezco ante el furor de la lujuria que arde en sus ojos, la sonrisa de satisfacción que se le dibuja al verme tan vulnerable. ¡No le daré ese placer! Cubro mi desnudez como puedo. Pero él toma mis muñecas y sin esfuerzo logra que extienda los brazos.
Me dice cosas que no quiero escuchar, que atacan mi pudor, que me llenan de culpa y deseo.
Como el animal que es, lame mi piel y esto hace que me humedezca.
Brutalmente me pone boca abajo, casi sofocándome, pero tener el peso de su cuerpo sobre el mío otra vez, es algo que no cambiaría por nada.
Jadeo y suspiro con sus besos en mi espalda, con su lengua serpenteando arriba y abajo.
Sus colmillos traspasan mi carne haciéndome gemir de dolor y placer. Mi vida se está yendo a través de mi sangre y solo puedo sentir que llegaré al éxtasis, mis brazos ya no oponen resistencia. El maldito lo sabe también, por eso ríe cruelmente y se burla, por eso vuelve a tenerme de frente, dejándome que contemple su boca enrojecida. Le odio porque sus labios nunca se han visto más apetitosos como ahora.
La cabeza me da vueltas con apenas mirarle, y el asco que me produce la sangre, no podrá superar nunca a la sed que tengo de sus labios.
Sus caderas se mueven hábilmente y su sexo roza el mío repetidamente haciéndome sentir que desfalleceré de un momento a otro.
Los jadeos y suspiros que dejo escapar me parecen ajenos; no puedo ser yo quien se comporta de este modo tan indecoroso; quien arquea la espalda para recibir gustosamente sus labios sangrientos en mis pálidos senos; su lengua viperina en mis rosados pezones; su mordisco en mi cuello.
No se sirve de mi sangre, solo se complace en lastimarme, goza con mi dolor y con el deleite que me provoca. Cada vez que me lacera la piel, me encuentro un paso más cerca de la perdición, más cerca que todo lo que me repugna, y… más viva que nunca.
Su boca cubre la mía furiosamente, y pruebo mi sabor en sus labios. No quiero dejar de besarle.
Una y otra vez me denigra con sus palabras.
Le desafío, soy una dama y de ningún modo su perra, debo conservar lo poco que me reste de honor, no puedo permitirle que me haga cruzar ese último umbral. Todavía queda algo humano en mí a lo cual asirme.
¡Perra!
Mi corazón llora en silencio al comprobar que el vampiro está en lo cierto. Solo alguien así se sorprendería quitándole la ropa a ese engendro de los infiernos.
Tengo hambre, pero es hambre de su cuerpo.
Mis labios saborean cada palmo de su helada piel, cada uno de sus miembros…
Si en este momento me ofrecieran el más dulce de los alimentos, el único que fuera capaz de ayudarme a sobrevivir, o una hostia bendita, los rechazaría horrorizada y me producirían nauseas, pues no existe nada más sublime y exquisito que ÉL.
Tiemblo espasmódicamente viciada de voluptuosidad. Ya no soy dueña de mí, estoy a su merced, le pertenezco, que haga lo que desee conmigo, pero que sea pronto. Me quemo por dentro, mi sexo está palpitando, agonizo.
Le ruego que me posea. Lo hará, a cambio de que yo lo beba… No debo, pues, será el primer paso a convertirme en lo que abomino: ÉL.
Si sucumbo a la tentación, no veré más la luz del sol, y la noche será mi hogar, será la testigo de los terribles pecados que cometeré. Dejaré de tener corazón y seré impulsada por los vicios.
¡Jamás!
Sin embargo, abro mis labios, siento el sabor de su sangre y lo más delicioso que puedo sentir…es su sexo hundiéndose impiadosamente en mí. Soy suya, comienzo a experimentar un fuego que quema mis entrañas.
La sangre del vampiro está matándome.
Ha amanecido.
La noche pasada parece solo una pesadilla, pero mi rechazo a la luz me dice que lo viví.
Volverá cuando salga la luna para terminar lo que comenzó. Hoy terminará de darme su esencia y renaceré a su no vida, como su ramera eterna.
Pero no sabe lo que le espera.
He abierto mis venas, lo que quedaba de mi alma se expandirá con mi sangre…
Cuando llegue, encontrará una casa de luto, y verá mi cuerpo (el de su elegida) amortajado entre cirios y flores.
Ya casi no puedo pensar, la muerte está cerca.
No puedo abrir la boca, pero en mi mente rio a carcajadas, pues, muriendo, lo he derrotado.
He sido más fuerte que ÉL.

HISTEÓN
El demonio desterrado
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Impotencia (De Cisa)Hace 11 años